martes, 13 de octubre de 2015



Esta semana, publicamos un cuento propio, quién podría imaginar que alguien tan pequeño podría amar tanto los libros.

SIEMPRE AQUÍ:

     Moisés se despertó con el ruido de la conversación que sus padres estaban teniendo. Un nudo se apoderó de su garganta impidiéndole respirar al oír palabras como mudanza, campo... No podía imaginar la posibilidad de irse de allí. Toda su vida había transcurrido en la librería. El primer olor infantil que recordaba era el de la tinta y el del papel nuevo. Las risas y juegos con sus hermanos transcurrían en los pasillos que las estanterías colocadas en paralelo hacían. Las cajas de embalar los libros le habían servido para imaginar castillos de murallas infranqueables donde él era el rey y nadie podía entrar. Le encantaba leer cuentos de piratas, sobretodo cuando la librería estaba cerrada y nadie podía interrumpir su lectura. Ahora ya, de adulto, eran los clásicos españoles, El Cantar del Mío Cid, Don Quijote de la Mancha... los que llenaban sus sueños y le transportaban a vivir hazañas heroicas y aventuras dantescas. Sus padres y hermanos podrían marcharse de allí, pero él nunca abandonaría la librería que tantas horas de apasionada lectura le había brindado. Así que no, él no podía ser un ratón de campo, él era, y lo sería siempre, un ratón de librería.